Carlos Bardales, es un artista plástico que impresiona por la singularidad de su actitud en pintura, una posición que plantea seriamente la necesidad de cuestionar los iconos venerados de nuestra tradición pictórica, pero con el fin de revitalizar, con la violencia de la pasión, nuestra visión de la pintura como espacio de la imaginación. Es un planteamiento en el que no existe temor de de-sacralizar para poder con tenaz atrevimiento, re-sacralizar. En su primera individual el artista afirma, con la carga convincente del peso de la materia sobre el soporte, de la intencionalidad de las marcas y de una dimensión de afectos que va quedando al descubierto en su elección de figuras, de que está lejos de considerar a la pintura como un camino fácil porque sabe que es un bien precioso, insustituible.

 

En las últimas décadas, un buen número de artistas contemporáneos ha desarrollado propuestas en torno al arte visual de otros momentos de la historia, recurriendo a la inclusión, con carácter de cita directa, de imágenes tomadas en préstamo de obras famosas. Estas propuestas entretejían un sentido homenaje a los logros de representación en occidente, con una revisión crítica -desmitificadora- de los parámetros culturales que has determinado su rumbo. A la imagen visual se unía entonces una inteligencia moral que introducía interrogantes, y la imagen se abría a la estructuración mental de una reflexión Sin embargo, muy a menudo, las citas de la pintura del pasado se tornaron en re-creación sofisticada, superficie vistosa y seducción formal; a un lado quedaron las preguntas acerca del arte, sus medios y sus fines. También quedo atrás la pintura como acto del espíritu.

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Llama la atención el desenfado con el que Carlos Bardales pone en tela e juicio la frontera entre la intención de plasmar una imagen con figuras y la intención de hacer de la marca abstracta una imagen. La transformación de los cuerpos en lo que, a primera vista, parecen signos de una gestualidad espontanea, da a conocer su inclinación a ver en la marca del pigmento mismo una potencialidad transfiguradora. El acto de pintar para Carlos Bardales, pese al aparente desenfreno de trazos y costras en la superficie, tiene la naturaleza de una meditación, de un recogimiento en el que la energía del ser se concentra y se hace presente. En pintura. Quien se acerque a estas telas libre de preconcepciones tal vez pueda sentir que el espacio pictórico, tan fragmentado y agredido, como encendido y resplandeciente es el espejo oscuro en el que no cesamos de mirar, sedientos de trascendencia.

Jorge Villacorta Chávez